Ambos ancianos se hacían compañía sentados en un banco de madera, ubicado en el jardín de la casa.
Ella lo miraba, como esperando que él le dijera algo.
Él, en cambio, solo observaba una porción del suelo que tenía frente a sus pies.
De repente, levantó la vista como si hubiera recordado algo muy importante. Metió la mano en el bolsillo interno de su saco y extrajo una fotografía muy antigua: ajada, descolorida, con los bordes deshechos por el paso del tiempo y por las caricias repetidas de sus dedos.
Giró la cabeza hacia ella y le dijo:
—Señora, ¿puedo molestarla un momento? Estoy buscando al amor de mi vida —y al mismo tiempo le mostró la fotografía.
Ella tomó con delicadeza la imagen maltratada, y reconoció al instante a la joven que aparecía en ella.
Era una bella mujer de unos veinticinco años, con el cabello largo y desordenado por el viento, una mirada simple y una sonrisa amplia.
Él continuó:
—Nos encontramos cuando menos lo esperábamos, y más nos necesitábamos.
Yo tenía una brújula sin norte, y ella, un reloj sin tiempo.
Sin tener nada, lo compartimos todo.
Y no recuerdo cuándo ni por qué se fue.
Solo me quedó esta imagen, que yo mismo le tomé el año pasado, mientras disfrutábamos de un día de otoño en un jardín como este.
Hizo una pausa. Luego agregó:
—Ese día, el viento era tan fuerte que intentó arruinarme la fotografía, tratando de ocultar sus hermosos ojos y su infinita sonrisa con su propio cabello.
Esos ojos en los que me perdía… y esa sonrisa que me iluminaba.
La anciana lo escuchaba con atención. Notaba que ese hombre conocía detalles minuciosos de aquel día, como si lo hubiera vivido recientemente. Y había en su voz una magia tan profunda, que era capaz de trasladarlos otra vez a ese preciso instante.
—Si llega a verla —dijo él, bajando la voz—, dígale que la estoy buscando… y que lo haré por siempre.
Que si alguna vez hice algo que la ofendiera, le pido disculpas.
Que si no fui lo que ella esperaba, me dé otra oportunidad.
Volvió a guardar la fotografía en el bolsillo interno de su saco, adoptó nuevamente su postura inicial y se perdió otra vez en la contemplación silenciosa del suelo frente a él.
Este hecho se repite todos los días.
Ella, en silencio, dejó rodar una lágrima por su mejilla mientras acariciaba con ternura los cabellos entrecanos de ese hombre que, una vez más, se había perdido en su propia memoria. Que permanecería ausente hasta que sus recuerdos lo llevaran nuevamente a aquel día de otoño que atesora con tanto amor, aferrado a una imagen descolorida.
Ese mismo hombre que lleva su fotografía en el bolsillo.
Que la busca sin poder reconocerla.
Que le confiesa su amor como lo hizo aquel día en que tomó la foto, perpetuando el instante y el sentimiento dentro de ambos.
Pero ella también conoce la angustia que él guarda por haberla "perdido", por no entender por qué esa jovencita —la de la imagen— lo ha abandonado.
Y además, conoce el diagnóstico que los médicos le han dado.
Sin tiempo para perder, escribió una carta breve, en donde volcó todo lo que su corazón aún guarda:
“Por razones ajenas a mis sentimientos, debí partir sin despedirme.
Volveré muy pronto a tu lado, para no irme nunca más.
Mi amor por vos sigue intacto, y cada día, un ángel me recuerda ese hermoso día en que fuimos tan felices…
El día que unió nuestras almas para siempre.”
Dobló el trozo de papel, lo colocó en el bolsillo del saco de él, junto a la vieja fotografía, y lo besó suavemente en la sien.
Solo queda esperar que el corazón enfermo de él resista un día más…
Para descubrir que nunca estuvo solo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario