Un billete de cincuenta pesos dormía en el bolsillo de mi pantalón. Durante todo el viaje deliberaba lo que haría con él. -
En realidad, esa cantidad de dinero, estando a pocos días de terminar el mes, solo me permitiría comprar algo para comer o beber, no podía pretender conseguir ambas cosas. -
Y esa situación traería aparejadas otras reflexiones que, por experiencia, me volverían a cargar de incertidumbre, angustia, tristeza, impotencia, rencor, ira. -
No era algo nuevo. Ocurría casi siempre, más o menos para la misma fecha. Por supuesto que era algo que cargaba en silencio y me obligaba a mantener conversaciones internas, en donde las opiniones del yo pesimista con la vida, se enfrentaba a mi yo optimista que en cada obstáculo ve una posibilidad de superación, un desafío, una prueba que demuestre y me demuestre que, con voluntad, disciplina y constancia, se logra todo. -
Por supuesto, me costaba creerles a los dos. Aun, me cuesta creerles. -
Este procedo se desarrollaba al momento de caminar por las calles atestadas de personas, que pasan a mi lado totalmente ignorantes de mi silenciosa riña visceral. Igualmente, observo a cada una de ellas, tratando de detectar señales que me indique que alguna oyó este contrapunto de mis demonios internos, para saber que realmente estoy en un problema. -
Al cruzar una calle me encuentro de frene con un kiosco lleno de golosinas. Más allá, un puesto ambulante de garrapiñadas liberaba un aroma que golpeaba a todos varios metros a la redonda. También se deja ver un local con una heladera comercial con gaseosas. Otro puesto de ventas de paquetes de galletitas y alfajores. -
Parecía que, para aumentar mi indecisión, en ese mismo momento se estaban inaugurando locales comerciales. -
Por fin llegué a la galería que debía atravesar para alcanzar el otro transporte público. Al atravesar esta galería me sentí mucha más seguro ya que carecía de comercios que pudieran tentarme. -
En ella se encontraba la joyería, las tiendas de ropa informal, el local de tecnología, la tienda de juguetes, un local de ventas de relojes, la tienda de lencería. Nada que pudiera hacerme entrar en otro conflicto interno. -
Pero, al final de la galería, casi sobre la otra vereda, había un joven parado de espaldas a mi posición, detenido a un costado de ese largo pasillo. De 1,60 de altura, de tes blanca, cabellos cortos castaño oscuro. Vestía un saco fino de color marrón claro y uno pantalones de jeans gastados. -
Las personas que pasaban frente a él se sonreían y continuaba con su camino. -
A medida que me acercaba noto que en una de sus manos tiene un bastón blanco, que lo sujeta como a un palo en forma paralela pegado a su cuerpo. -
Cuando llego a ponerme a la par de él, noto que tiene unos 25 años y un cartel colgando del cuello mediante una cinta con los colores de la bandera argentina. -
En formas inmediata sentí un alivio. -
Me ahorró el dolor de cabezas de decidir qué hacer con ese horrible billete. -
Me acerqué a este joven y sin mediar palabra, tomé su mano y le dejé mis cincuenta pesos. -
Pero él apretó su puño sujetando el billete y mis dedos, reteniéndome para decirme en vos muy baja,
- “...no estoy pidiendo plata...”. -
Fue es ese momento donde me detuve a leer su cartel. -
Me bajé de mis pensamientos, me desnudé de mis problemas, me liberé de mi individualidad y le di un recreo a mis demonios. -
El cartel decía, “¿ME REGALAS UN ABRAZO?”. -
Me di cuenta de que, teniendo yo el don de la vista, veía menos que ese joven. -
Él logró que yo me viera tal cual era, pequeño, muy pequeño. -
Comencé a reír. -
Liberé lentamente mi mano, sin retirar el trozo de papel que le había dejado en la mano. -
Y si, lo estreché en un abrazo único, cálido, reconfortante, sanador. -
Fue entonces que le pedí disculpas,
Él - “... ¿disculpas, por qué? ...”, me dijo. -
Yo - “...porque, seguramente, debes estar esperando el abrazo de una joven señorita y no el mío...”, y comenzamos a reír. -
Intentó devolverme el billete, a lo que me negué,
Yo - “...ahora sé que no estás pidiendo plata, pero en realidad yo te estoy pagando una pequeña terapia. Te estoy dando todo el dinero que tengo en este momento por una hermosa enseñanza y, aun así, me salió muy barato. Muchas gracias, mi amigo...”. -
Continué con mi camino, con mi historia. Ahora más liviano, más limpio, más sano y feliz de poder ver, sabiendo que estaba dándole el correcto uso a mis ojos. -
Porque yo vi a un ejemplo, donde otros miraban a un no vidente. Cuando todos sentían lástima de él, yo sentí vergüenza por mis preocupaciones y envidia de su sonrisa. Y donde muchos veían a un discapacitado, yo noté a un hombre feliz de lo que le tocó en suerte, pero sin resignación, sin rencores y sin miedos. Y lo compartió conmigo, como si supiera que era lo que me hacía falta. -
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