domingo, 1 de abril de 2012

EL TROFEO.-


Era una mañana calurosa de enero de 2011. Me encontraba camino al trabajo y, para llegar a él, tenía que viajar en el tren de la línea Sarmiento, desde la estación de Ramos Mejía hasta la de Flores.
Solo me separaban cuatro estaciones de mi destino, pero, por supuesto —como todos los días—, no iba a ser fácil subir al vagón, y mucho menos cómodo permanecer en él.
Pero no me deprimiría antes de tiempo. Prefiero llegar a la estación y esperar el primer tren para confirmar que el destino no me va a sorprender. Aunque eso ya no es un problema para mí. Creo que nunca lo fue.
He aprendido a convivir con la rutina. Hemos llegado a un acuerdo y tratamos de soportarnos mutuamente, cada día. Lo que no me acostumbro es a soportar a quienes no toleran la rutina y están quejándose siempre de lo mismo, una y otra vez, sin tratar de modificar nada o —como hago yo— aprender a disfrutarla. Todos sabemos que hay cosas peores.
Me faltaban unos cincuenta metros para llegar a la estación cuando vi que el tren se aproximaba. Rápidamente miré mi reloj, hice cálculos: tiempo, distancia, temperatura, viento, velocidad… Todo eso me dio como resultado que no lo iba a alcanzar. Tendría que esperar al siguiente.
Cuando estaba entrando al andén, un mar de personas pasaba a mi lado, saliendo del mismo. Eran los que habían bajado del tren. Distintas edades, ropas, sexos, alturas, razas y, seguramente, religiones. Todos diferentes. Todos con la misma cara: agotados por las tareas, sus obligaciones, y molestos por el calor, por las distancias, por el tránsito, por el de al lado.
Otros, simplemente abstraídos con sus celulares, mandando mensajes o escuchando música con los auriculares. Pero todos iguales.
Son muy difíciles los lunes, no importa la época del año.
Yo debía caminar hasta más o menos la mitad del andén, para que al bajar, la salida me quedara a pocos pasos. En ese momento, no éramos más de cinco o seis los que habíamos perdido el tren y rogábamos que el próximo tuviera aire acondicionado. Tal vez era mucho pedir.
Fue entonces cuando las vi a ellas.
Una señora que cargaba muchos años en sus espaldas, en su piel, en su mirada. Con ropas humildes, muy gastadas, con remiendos de telas que no combinaban. Sus zapatillas, de una marca desconocida, ya se habían amoldado a un pie que, aunque cansado, seguiría andando.
Llevaba en sus manos bolsas de plástico con latas de gaseosa aplastadas.
Su acompañante tendría unos cuatro años. Dos colitas rojas le sujetaban algunos cabellos, dejando el resto al capricho del cálido viento. Su vestidito era similar al de la anciana, y las sandalias que usaba —por el tamaño— se notaba que se las habría regalado alguien con algunos añitos más que ella. Ella también tenía su bolsita con latas.
Pero las dos llevaban un aura especial que todos podíamos ver y que nos obligaba a seguir mirándolas. Nos regalaban su alegría a cambio de nada, con sus sonrisas incompletas. Llevaban la satisfacción de tenerse una a la otra. La felicidad de ese momento compartido.
De repente, la mujer se detuvo mirando fijo hacia adelante. Se le desdibujó la sonrisa. Se inclinó levemente y, mientras señalaba con su dedo en la misma dirección de su mirada, dijo en voz muy baja:
—Mirá, al lado del poste de luz.
La pequeña, que se había puesto seria por la postura de la abuela, miró hacia ese lugar. Por supuesto, yo también lo hice, sin lograr ver ni entender qué era lo que las había hecho cambiar de ánimo. Junto al poste de luz, en el suelo, había solamente una lata de gaseosa cuyo dueño habría considerado que no era necesario usar los cestos.
En ese momento, cambió todo.
Dejaron de ser amigas. Se soltaron de la mano. Tomaron distancia una de otra. No dejaban de mirarse y controlaban que ninguna sacara ventaja. Entonces habló la niña, con una voz muy fina:
—¡Cuento yo, abuela! A la una, a las dos… ¡y a las tres!
La carrera era de unos infinitos diez metros y, desde el comienzo, la joven participante tomó la delantera. Su abuela solo se ocupó de perseguirla de cerca, amenazándola con pasarla.
Una lata convertida en un trofeo. Quien la dejó ahí jamás habrá imaginado que su estupidez promovería un momento tan especial.
Las muecas, las miradas, las sonrisas, la alegría… eran indescriptibles. Y fueron más increíbles aún cuando esas pequeñas manos levantaron la lata toda abollada como si fuera una copa de oro. Se abrazaron, festejaron girando, dando pequeños saltitos.
Me puse a pensar que había tenido suerte de no haberme perdido todo eso.
Pero todo cambia. De repente, las cosas son mágicas, tiernas, y las vemos desde lejos, como simples espectadores. Y al instante se vuelven reales, duras, y nos clavan en el suelo para que despertemos.
Mientras la nena guardaba su lata en la bolsita, le preguntaba a su abuela:
—¿Con esta llegamos a comprar la mochila del jardín, abuela?
La abuela apretó los labios y levantó las cejas. Seguramente, ella sabía que faltaban muchas más para comprar esa mochila… o, tal vez, que en la lista de prioridades, la mochila estaba muy lejos.
Ellas se fueron. Siguieron con su alegría y sus risas.
Lo demás es para imaginar.
Pero fue la primera carrera en la que nadie perdió. La abuela se ganó la alegría de su nietita, su abrazo y su amor. Los que estábamos allí nos ganamos haber presenciado un momento único, que nos enseñó a mirar más allá de nosotros mismos.
Y ella se ganó una latita… que la acercaría un poco más a su mochila.
Y vos, que estás leyendo esto, quizás te lo ganes también.
Para que, la próxima vez, puedas descubrir a gente maravillosa que disfruta de la vida.